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RESEÑA | Voces de Chernóbil, de la Nobel Svetlana Alexiévich, libro que inspiró la serie de HBO

sábado, diciembre 21st, 2019

¿Cómo hacer que la palabra brille y adquiera una dimensión de belleza inaudita en medio de una catástrofe que durará más de doscientos mil años? En Voces de Chernóbil, la autora muestra esta gran agudeza estética y sensibilidad para relatar las historias de sus testigos.

La escritora bielorrusa, Premio Nobel de Literatura 2015, da voz a las personas que sobrevivieron al desastre y que fueron silenciadas y olvidadas por su propio Gobierno. Este libro es una oportunidad de escuchar todas esas historias y reflexionar.

Por Alejandro Salvador Ponce Aguilar

Ciudad de México, 21 de diciembre (LangostaLiteraria).- Todo aquel que haya leído algún libro de Svetlana Alexiévich sabe que sus narraciones son conmovedoras hasta las lágrimas. Y si provocan el llanto no es en virtud de cierto sentimentalismo de noveleta o por la habilidad que algunos autores poseen para acentuar las emociones como se ponen los acentos sobre las íes; sino por algo más modesto, conmueven porque en los testimonios de la escritora bielorrusa relumbra la simplicidad de quien, a pesar de su dolor, está dispuesto a contar su historia sin compadecerse a sí mismo, porque sus voces hablan de la vida cotidiana y de la sencilla certeza de haberlo perdido todo.

Hay quienes juzgan a la ligera a la Premio Nobel de Literatura 2015 y aseguran que su obra es el mero resultado de entrevistas y grabaciones, de transcripciones y montajes en los que ella no figura más que como humilde capturista. Esta opinión es de pocas miras por donde se la vea.

Pensemos, por un lado, en los caminos recorridos por la autora para encontrarse con sus voces, los trenes, los aviones, los camiones, las caminatas, las visitas a granjas y complejos departamentales, las restricciones de la lengua, de los varios giros del ruso de los países que conformaban la Unión Soviética; no olvidemos tampoco las visitas a tierras condenadas al olvido, deshabitadas, donde los niveles de contaminación comprometen la vida, donde los campesinos le ofrecen un vaso de leche radioactiva a la primera mosca que pasa por sus huertos.

Pensemos, también, en la gente que rechaza una entrevista, en la gente que no recibe con buena cara la idea de que una extraña venga a preguntarle las cosas más dolorosas de su vida, imaginemos los quebrantos de sus interlocutores, los propios quebrantos de la entrevistadora, los impedimentos de un Estado represor, las murallas de la burocracia y las persecuciones e interrogatorios de las autoridades.

El pueblo es dueño de una sabiduría simple y ancestral a la que las directrices del realismo soviético nunca pudieron acceder, porque la vida de los hombres no es la vida del Estado, porque el arte no admite ser dirigido, de allí que el valor de la obra de Svetlana provenga precisamente de salir al encuentro de las voces del alma rusa, que no son una —sino un mar— y no hablan el mismo dialecto bastardo de los camaradas y los comités de partido.

Por otro lado, los detractores de su obra también echan en saco roto las dificultades compositivas de su trabajo. Una ya tiene horas y horas de grabaciones, kilómetros y kilómetros de cintas y carreteras recorridas; ahora, cómo discernir qué testimonio se ajusta más que otro, en qué orden deben disponerse, en torno a qué temas conjuntar las voces, cómo decidir si alguna merece ser retocada, o el coraje que debes pasar si una entrevista daba para más y no le sacaste todo el provecho, y la persona en cuestión está en una estepa a dos mil verstas de distancia.

Para cumplir con todo esto, mientras además se intenta vivir, se requiere de una voluntad inquebrantable y de una sensibilidad aquilatada; para decirlo al viejo estilo, estas tareas sólo pueden ser obra de alguien que profesa un profundo amor por su prójimo, una humanista en toda regla. Su carácter empático acaso mane de la raíz del mismo pueblo impenitente al que busca retratar y al que sus padres y mil padecimientos la amarraron.

En Voces de Chernóbil, el procedimiento de la autora para titular sus monólogos es un excelente ejemplo de la agudeza estética y sensibilidad de las que hablo: ¿Cómo hacer que la lengua, la palabra, brille y adquiera una dimensión de belleza inaudita aun en medio de la catástrofe? Los títulos de cada monólogo, pequeños motivos o fragmentos de los testimonios de los entrevistados, se convierten en aforismos de una peculiaridad imaginativa, singular y cotidiana al mismo tiempo, que navega hacia el océano donde se dice lo que no puede ser dicho. Aquí algunos de estos títulos:

“Monólogo acerca de lo que no sabíamos: que la muerte puede ser tan bella”; “Monólogo de una aldea acerca de cómo se convoca a las almas del cielo para llorar y comer con ellas”; “Monólogo acerca de la filosofía cartesiana y de cómo te comes un bocadillo contaminado con otra persona para no pasar vergüenza”; “Monólogo acerca de las lombrices, el manjar de las gallinas y de que lo que hierve en la olla tampoco es eterno”; “Monólogo acerca del niño deforme al que de todos modos van a querer”.

La suma de monólogos de la obra adquiere la cualidad de diálogo; o mejor, si se quiere, de coro.

A diferencia de la serie de HBO sobre Chernóbil —a cuyos guionistas la obra de Aleksiévich les sirvió de referente—, las narraciones de Voces de Chernóbil no se dirigen sólo a denunciar la negligencia, su finalidad no es apuntar a los responsables que no actuaron o actuaron erróneamente. Svetlana no busca develar cómo la corrupción de un sistema inundó cada esfera de esa sociedad, hasta el grado de penetrar en los protocolos de seguridad y desembocar en una comprensión incompetente de los avances científicos, como la serie.

El tópico de sus voces no es tanto la tragedia del accidente como el drama que esa tragedia suscitó en la conciencia de los hombres y las mujeres del pueblo, la ruptura de la vida común de las personas comunes, la muerte atroz de los soldados, el sufrimiento de sus esposas al no reconocerlos y no poder tocarlos en su lecho de muerte, el dolor de las mujeres del campo que lo perdieron todo, como nunca antes, una hecatombe que ni la Gran Guerra Patria había convocado.

Allende el científico y su argot especializado, se encuentra el agricultor de los bosques, aquel individuo que ha vivido de la misma manera desde hace cien, doscientos años, con sus animales, sus vacas, sus perros; para la campesina, el pastor, el Estado Soviético es lo mismo que la corona del Zar, una bota en la cabeza que trae muerte a su paso, un remolino de sufrimiento. Eso es lo que puede ofrecer la literatura y que aún hoy, frente a los entretenimientos y otras formas de expresión que consumimos, continúa siendo su mejor carta: la posibilidad de expresar con todo detalle, hasta donde las capacidades del autor y su lengua lo permitan, la conciencia del género humano.

Hay un apartado dedicado a los niños que ya vivían entonces y de los que nacieron en años posteriores —y de los que aún están por nacer—, me refiero al coro de niños bielorrusos que viven con problemas congénitos derivados de la radiación, una radiación cuyos efectos nadie osa a determinar con toda seguridad, pero que es un cataclismo de magnitudes bíblicas; una calamidad para la cual, insisten la autora y sus testigos, no existen filosofías, porque el ser humano no ha inventado las palabras ni ha aprendido a asimilar en su intelecto lo que significa un desastre que durará más de doscientos mil años.

El libro también consagra una parte a la suerte de otras víctimas, los animales. Los científicos no sabían cómo explicar el alcance de la catástrofe, nadie entendía nada ni encontraba explicaciones, y mucho menos pensaba en escapar de su casa cuando el verde y la vida se regocijaban como siempre, pero las abejas, las lombrices, intuían algo en el ambiente y desaparecieron; las lombrices, antes a ras de tierra, excavaron y ya no se las encontraba sino metidas hasta un metro de profundidad. La función de algunos de los liquidadores fue matar todo lo vivo que anduviera en los bosques alrededor de la central y la ciudad de Prípiat. El hombre se olvidó de los animales, los traicionó, y buscó sólo salvarse a sí mismo.

El desastre de Chernóbil inicia una nueva era para la humanidad. Si la crisis ecológica que vivimos se acentúa y seguimos marchando hacia una época de más cataclismos, alguien, algún sobreviviente del futuro, podrá decir que todo comenzó el 26 de abril de 1986, el día en que la explosión del reactor cuatro de una central nuclear en Ucrania cambió la historia para siempre. Por eso también el libro de Svetlana funda otra época en la manera en que los seres humanos contamos historias. Su obra vale como tragedia moderna y en el futuro será leída como hoy leemos las tristezas de Los persas de Esquilo.

El aporte de la obra no se agota en el cúmulo de testimonios que aglomera, ni siquiera en su composición o en la bitácora para los científicos que seguirán estudiando el fenómeno por generaciones; su contribución se cifra en que inaugura la posibilidad de un diálogo acerca de una nueva ética para el futuro. En Voces de Chernóbil vemos germinar el ethos de un ser humano que continúa viviendo a pesar de todo y que puede, por las desgracias que él mismo ha conjugado y padecido, arribar a otra comprensión acerca de sí mismo, de su vida y del valor de su vida en la Tierra; se esconde allí la tentativa de entender nuestro papel en el planeta de otra manera, junto a nuestros semejantes, junto a los niños, los animales, una pregunta del por qué, para qué y hasta dónde de la ciencia.

La obra es una invitación a pensar en una ética en la que la destrucción masiva de la naturaleza a manos de los seres humanos puede ser entendida como una agresión de la conciencia contra sí misma, no como una entidad separada de la natura, sino como un sustrato de su organismo en cuyos genes —sí, los genes de la conciencia—, se alojan la historia y el lenguaje de toda la vida en cualquier tiempo. Se terminó para siempre la época de la inocencia en la que el pueblo elegido podía servirse libremente de todo cuanto Dios había dispuesto para él. No podemos darnos el lujo de seguir jugando al cándido egoísta, ésas son ganas de querer hacerse el tonto; ahora sabemos que no podemos tomar gratuitamente y sustraernos de las consecuencias.

El desastre de Chernóbil empujó a muchos testigos, sobrevivientes, desplazados y liquidadores que luego morirían a un horizonte confuso que oscila entre lo dicho y lo no dicho, en la frontera entre el lenguaje, el silencio y el dolor, donde se encuentran cara a cara la posibilidad de toda experiencia y la experiencia de la nulidad, el límite de la vivencia humana. En el transcurso de unos cuantos meses, la incomprensión psíquica e intelectual de lo sucedido, el sufrimiento de los cuerpos, arrojó todas sus convicciones a un abismo turbulento, las creencias se derrumbaron y los seres queridos desaparecieron, se consumieron, lo mismo que el hogar, la patria y el Estado.

En ese momento aparece Svetlana dispuesta a escuchar, y en el corazón de las personas despierta la convicción de comparecer ante la escritora. El mérito de Aleksiévich consiste en haber captado ese desgajamiento en que la vida se proyecta como tragedia, mas no como capitulación. El humano, derrotado, permanece de pie. El horizonte sin sentido va penetrando en la palabra y las voces son un coro que repite un estribillo: aquí se sufrió lo insufrible, aquí se vivió lo invivible, y aquí seguiremos germinando lo mesurable a partir de lo inconmensurable, el perfil exacto en el que quizás el género humano sea capaz de mirarse en proporciones más auténticas, quiero decir, más honestas. Todo ello reside en Voces de Chernóbil.

ESTE CONTENIDO ES PUBLICADO POR SINEMBARGO CON AUTORIZACIÓN EXPRESA DE LANGOSTA LITERARIA. VER ORIGINAL AQUÍ. PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN.

Últimos testigos recoge las voces de niños soviéticos que lo perdieron todo tras la Segunda Guerra Mundial

miércoles, septiembre 18th, 2019

La editorial Penguin Random House acaba de publicar su primera traducción al inglés de Last Witnesses. El libro, que apareció en español en 2017, ofrece un centenar de testimonios de los niños del que escaparon con vida de la guerra.

Svetlana Alexiévich, primera periodista galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015, se enfoca mayormente en dar la palabra a quienes se la negaron en su momento

Por Aldo Mas

Ciudad de México, 18 de septiembre (ElDiario).- Niños soviéticos que lo perdieron todo. La Segunda Guerra Mundial devoró sus juguetes, sus casas, a sus padres, hermanos y amigos. Sobrevivieron, en muchos casos, milagrosamente. Tuvieron la muerte muy cerca y, hasta ahora, sus voces, recogidas en los años 70 por la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, se podían escuchar, sobre todo y a disgusto, en el mundo rusohablante.

La editorial Penguin Random House, sin embargo, acaba de publicar su primera traducción al inglés de Last Witnesses o Últimos testigos. El libro, que apareció en español en 2017, ofrece ahora al mercado editorial más importante el centenar de testimonios de los niños del espacio soviético que escaparon con vida de la guerra total que lanzara contra Europa el III Reich.

La importancia literaria del trabajo de Alexiévich está fuera de toda duda, pero aún estaba por traducir al inglés este libro aparecido originalmente en la Unión Soviética en 1985. Alexiévich, la primera periodista galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015, no contó con los favores del régimen soviético.

Hubo que esperar a la Perestroika de Mijaíl Gorbachov para que trabajos suyos como Últimos testigos vieran la luz. Su trabajo periodístico, que la propia Alexiévich ha descrito como una “historia de los sentimientos”, fue considerado por las autoridades soviéticas antes de Gorbachov como “antipatriótico y sedicioso”, según ha apuntado Steven R. Serafin, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Debió considerarse que no hacían ningún favor a la causa del comunismo soviético airear los traumas que dejó la Segunda Guerra Mundial en la población civil. Porque eso es precisamente lo que hacen el centenar de personas a las que Alexiévich da la posibilidad de expresarse en las páginas de su libro. La entrevistadora no media ni una palabra en todo el volumen. Fiel a su estilo, las 295 páginas del libro de Alexiévich las constituyen integralmente testimonios en primera persona.

En lugar de un prólogo, el libro ofrece una cita extraída de la revista Amistad del Pueblo de 1985: “Durante la Gran Guerra Patriótica (1941-1945), millones de niños soviéticos murieron: rusos, bielorrusos, ucranianos, judíos, tártaros, gitano, kazajos, uzbecos, tayicos…”.

También aprovecha Alexiévich para recordar una pregunta que formulara en su día el gran Fiódor Dostoyevski: “¿Podemos justificar nuestro mundo, nuestra felicidad, e incluso nuestra armonía eterna, si, en su nombre, para fortalecer su fundación, tiene que derramarse una única y pequeña lágrima de un niño inocente?”. El propio Dostoyevski respondía: “esa lágrima no justificaría ningún progreso, ninguna revolución. Ninguna guerra. Esa lágrima siempre pesará más. Sólo esa pequeña lágrima…”.

“¿POR QUÉ LE DISPARARON EN LA CARA?” MI MADRE ERA TAN GUAPA…

En su sufrimiento, los niños del libro de Alexiévich fueron mucho más allá del llanto. Con edades comprendidas entre los tres y los catorce años, lloraron desconsoladamente, por supuesto, pero también gritaron desconcertados por la muerte de sus padres, madres, hermanos y abuelos. La mayoría quedaron traumatizados.

“¿Por qué le dispararon en la cara? Mi madre era tan guapa…”, se pregunta Volodia Korshuk, un profesor y doctor en historia entrevistado por Alexiévich en Últimos testigos. Tenía siete años cuando perdió a su madre. A su ciudad, Brest, en la frontera de Bielorrusia con Polonia, la guerra no tardó en llegar. La ofensiva del III Reich obligó a una traumática evacuación que, para Korshuk, supuso de inmediato una vida como niño-soldado en la resistencia. “Era bueno disparando”, cuenta Korshuk a Alexiévich.

Liuda Andreeva tenía cinco años cuando la guerra llamó a la puerta de su hogar. Un día un camión de soldados alemanes paró frente a la casa de su familia donde vivían ella, su madre y su abuela. Los militares ocuparon su casa por un día. Utilizaron la cocina para cocinar. Llevaron a la niña a un cuarto con su abuela. Por la noche, la madre logró escapar con la niña para esconderse. A la mañana siguiente, cuando los alemanes ya se habían ido, volvieron a casa.

Encontraron a la abuela desnuda, atada con cuerdas a la cama. “Grité y grité… no podía parar”, cuenta ya de adulta Liuda Andreeva a Alexiévich. “Durante mucho tiempo tuve miedo de los camiones. Tan pronto como oía el sonido de un camión, comenzaba a temblar”, dice.

Galya Spannovskaya vio empezar la guerra con siete años. Estuvo separada de sus padres tres años en un orfanato. Ella y su madre perdieron pronto a su padre. Su madre se hizo soldado durante el conflicto. Pero la experiencia de la guerra cambió a su madre para siempre. “Mi madre era muy buena, muy alegre”, cuenta esta otra entrevistada por Alexiévich. Después de la guerra, “volvimos a Minsk y vivimos una vida muy dura”. En La capital bielorrusa sólo encontraron escombros.

“Mi madre siempre estaba triste. No hacía bromas y hablaba muy poco. Por las noches gritaba: ¿Dónde está mi madre alegre? Pero por la mañana yo sonreía para que me madre no pudiera imaginarse mis lágrimas de la noche”, se lee en la obra.

UNA AUTORA “ANTI-PUTIN”

Alexiévich también da la palabra a niños que ayudaron a cavar las tumbas de sus familiares asesinados. También recoge testimonios de menores que corrían para esconderse en los bosques y huir así de las balas y bombas de los aviones que atacaban sus poblaciones.

Valya Brinskaya, otra de las entrevistadas, vio junto a su familia cómo a su hermana Toma le cambiaba el color del pelo por culpa del estrés causado por el peligro de muerte. Vieron cómo todo su pelo se convertía en canas, en un sólo día, tras haber sobrevivido a un bombardeo a la intemperie y bajo la única protección de los árboles.

Muchos de éstos niños acabaron en orfanatos pasando a ser una suerte de “propiedad comunal para toda la nación”, según ha apuntado la escritora estadounidense de origen georgiano Sana Krasikov en el The New York Times. En cualquier caso, a todos esos niños, la guerra les destrozó la infancia. Los horrores de la guerra se llevaron los colores de la niñez. En muchos de los testimonios se alude a que la vida, desde entonces, solo dejó “recuerdos grises, sin colores”.

Porque sus investigaciones siempre estuvieron centradas en pasajes más traumáticos y conflictivos del mundo soviético – ya sea en el la catástrofe nuclear de Chernóbil en el libro Voces de Chernóbil o la ocupación militar en Afganistán en Los muchachos de zinc –, Alexiévich nunca ha sido profeta en su tierra. A Alexiévich se la ha considera incluso una autora “anti-Putin”.

Sin embargo, todos sus libros están hechos a partir de monólogos y entrevistas que la escritora y periodista solo transcribe. Su trabajo consiste, mayormente en dar la palabra a quienes se la negaron en su momento. La de los niños de la Segunda Guerra Mundial está ahora más que nunca al alcance de todo el mundo.

ESTE CONTENIDO ES PUBLICADO POR SINEMBARGO CON AUTORIZACIÓN EXPRESA DE EL DIARIO. VER ORIGINAL AQUÍ. PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN.

Voces de Chernóbil, la fiesta del terror en adaptación del libro de Svetlana Alexievich

sábado, julio 15th, 2017

Adaptación de la obra del Premio Nobel de Literatura en 2015. Una aproximación casi pictórica a los horrores de Chernóbil. Planos de una belleza sobrecogedora acompañados por las voces de los supervivientes de la catástrofe nuclear.

Ciudad de México, 15 de julio (SinEmbargo).- No hay cuerpos deformados. Ni siquiera cuerpos disolviéndose en una materia como luz, esa radiación que desde hace tiempo ocupa las conversaciones de los habitantes de Chernóbil.

Tampoco hay mujeres ni hombres llorando. “Ya no puedo llorar”, dice una de las actrices al comenzar la película de Pol Cruchten, quien también dirigió La suplicación y Never Die Young.

Voces de Chernóbil es una adaptación del libro que tanto nos conmoviera de Svetlana Alexievich. Fue sin duda el primer libro que leímos cuando nos enteramos de que la periodista bielorrusa había ganado el Premio Nobel en 2015.

Son las voces de los sobrevivientes, en un estado como mortal, porque decir que los habitantes de esa zona están vivos es ser demasiado exagerados.

“No respeto a la Rusia de Stalin ni de Putin”, dijo la Premio Nobel 2015. Foto: efe

¿Es necesario evocar los horrores de Chernóbil a través de imágenes impactantes? ¿O se puede, al contrario, hablar de las secuelas de la más terrorífica de las catástrofes nucleares a través de secuencias límpidas y luminosas, que no hagan sino amplificar los alucinantes testimonios de las víctimas?

Es esta segunda vía la que ha elegido el cineasta luxemburgués Pol Cruchten para poner en imágenes, en su documental Voices from Chernobyl.

[vimeo 190231169]

LAS PALABRAS A LOS CIENTÍFICOS Y NIÑOS

La película da la palabra a científicos, educadores, periodistas, parejas y niños que asistieron al colapso de sus vidas cotidianas, causado por una improbable catástrofe. Pero antes que presentar las lamentaciones de estos hombres, mujeres y niños mediante los planos tipo entrevista de los documentales convencionales, Alexievich y Cruchten invitan a los espectadores a embarcarse en un sorprendente viaje espiritual y lírico hasta el corazón del horror.

Algunos quedarán sin duda impactados por la yuxtaposición de frases que se dicen en voz baja y sin cólera, relatando los atroces sufrimientos de las víctimas del accidente, con imágenes de un esteticismo particularmente trabajado, inspiradas, según el cineasta, en la obra de Andréi Tarkovski.

Una fotografía austera y aplastante. Foto: Especial

El director de fotografía habitual de Pol Cruchten, el polaco Jerzy Palacz, ha filmado estas secuencias inéditas en Ucrania, en los mismos sitios en los que el tiempo se detuvo el 26 de abril de 1986. Paisajes industriales post-apocalípticos alternan con la naturaleza que, treinta años después de la catástrofe, sigue en proceso de recuperarse, en una tormenta de imágenes que son impactantes, sí, pero por su belleza fulgente.

Los voces de las víctimas, que han perdido a tantas víctimas y que seguirán perdiendo en las miles de personas que nacerán a 30 años de la tragedia, forman una súplica larga, terrible, pero necesaria, que atraviesa fronteras y nos empuja a cuestionar nuestro status quo.

“En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vió: ”Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto.” El relato de la esposa de Vasia, un joven bombero, abre este impactante libro y película sobre las secuelas que la catástrofe de Chernóbil dejó en personas que lo vivieron y de la manipulación de la información por parte de las autoridades soviéticas.

LECTURAS | ¿Por qué están tan juntos el amor y la muerte? Aceptación del Premio Nobel 2015: Svetlana Alexiévich

sábado, diciembre 31st, 2016

El nuevo libro de Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel 2015 por su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo, es el texto inédito Últimos testigos, que recoge el recuerdo de los niños que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. El libro incluye su célebre discurso que ahora transcribimos.

Ciudad de México, 31 de diciembre (SinEmbargo).-La Premio Nobel 2015, Svetlana Alexiévich, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo, según declaró la Academia Sueca, recopila varios textos inéditos en su nuevo libro Últimos testigos, que recoge el recuerdo de los niños que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, que dejó casi trece millones de niños muertos y, en 1945, sólo en Bielorrusia, vivían en los orfanatos unos veintisiete mil huérfanos, resultado de la devastación producida por la guerra en la población de ese país.

A finales de los años ochenta Alexiévich entrevistó a aquellos huérfanos y compuso con sus testimonios un emocionante relato de una de las mayores tragedias de la historia.

El libro también recoge el discurso con que Svetlana recogió el Premio Nobel y que ahora transcribimos con la autorización de Debate y Penguin Random House.

Últimos testigos, el nuevo libro de Svetlana Alexiévich. Foto: Especial

Últimos testigos, el nuevo libro de Svetlana Alexiévich. Foto: Especial

 

SOBRE LA BATALLA PERDIDA

En esta tribuna no estoy sola… Me rodean las voces, centenares de voces, que siempre me han acompañado. Desde los tiempos de mi infancia. De pequeña yo vivía en una aldea. A los niños nos encantaba jugar en la calle, pero al atardecer, como atraídos por un imán, nos apiñábamos alrededor de los bancos que había junto a las casas, donde se reunían las mujeres, agotadas después de la jornada de trabajo. Ninguna tenía marido, padre o hermano, tras la guerra no recuerdo que hubiera hombres en nuestra aldea: durante la Segunda Guerra Mundial uno de cada cuatro bielorrusos perdió la vida, o bien luchando en el frente o bien en las guerrillas de partisanos.

Nuestro mundo infantil era un mundo de mujeres. Por encima de todo, lo que más se grabó en mi memoria es que las mujeres no hablaban de la muerte sino del amor. Contaban cómo se habían despedido de sus amados, cómo los habían esperado y cómo todavía los seguían esperando. Habían transcurrido años, pero ellas los seguían esperando: «Que vuelva sin brazos, sin piernas, no importa, yo lo llevaré en brazos». Sin brazos… sin piernas…

Creo que desde muy pequeña supe lo que es el amor… Aquí os dejo algunas de las tristes melodías del coro que oigo… Primera voz: «¿Para qué quieres saberlo? Es tan triste… Conocí al que sería mi marido en la guerra. Yo era tanquista. Llegué hasta Berlín. Recuerdo que estábamos los dos al lado del Reichstag (entonces él todavía no era mi marido) y me dijo: “Casémonos. Te quiero”. Yo me enfadé muchísimo: nos habíamos pasado la guerra cubiertos de lodo, de polvo, de sangre, oyendo blasfemias a todas horas. Le contesté: “Primero haz que me sienta una mujer: regálame flores, cortéjame, dime palabras bonitas. Cuando me licencie, yo misma me haré un vestido”. Por poco le pego de lo enojada que me sentí. Lo entendió. Él había sufrido quemaduras graves en una de las mejillas, la tenía toda arrugada, vi como las lágrimas empezaban a chorrear por esas cicatrices… “De acuerdo, me casaré contigo.” Se lo dije… no me creía lo que acababa de decir… Allí mismo, entre el hollín y los ladrillos quemados, rodeados de guerra por todas partes…»

Segunda voz: «Vivíamos cerca de la central nuclear de Chernóbil. Yo trabajaba de pastelera, hacía bollos. Mi marido era bombero. No hacía mucho que nos habíamos casado, aún íbamos siempre cogidos de la mano, hasta cuando íbamos a la compra. El día en que explotó el reactor mi marido estaba de guardia. Se fueron para allá tal como estaban, en mangas de camisa. Era una explosión en la central nuclear, pero a ellos no les facilitaron ningún traje especial… Así era nuestra vida… usted lo sabe… Se pasaron toda la noche luchando contra el incendio, recibiendo dosis de radiación incompatibles con la vida. Por la mañana los subieron a un avión y los trasladaron a Moscú. Síndrome de irradiación aguda… no les quedaban más que unas pocas semanas de vida… El mío era fuerte, hacía deporte, fue el último en morir. Cuando fui me dijeron que estaba en una sala especial, no dejaban entrar a nadie. “Le quiero”, rogaba yo. “Los soldados se están ocupando de todos los cuidados. ¿Adónde se cree que va?” “Es que le quiero.” Me trataban de convencer: “Ese hombre ya no es el hombre al que usted amaba, ahora es un objeto que debe ser desactivado. ¿Lo entiende?”. Pero yo me repetía: “Le quiero, le quiero…”. De noche subía a verlo por la escalera de incendios… O bien les suplicaba a los de seguridad que me dejaran pasar, les pagaba para que me dejasen entrar… No le abandoné, estuve junto a él hasta el final. Después de su muerte… pasados unos meses di a luz a una niña, solo sobrevivió unos días. Ella… la habíamos esperado tanto tiempo y yo la maté… Ella me salvó, ella fue la que recibió todo el impacto de las radiaciones. Era tan pequeñita… Una bolita… Pero yo los quería a los dos…

¿Cómo se puede matar con el amor? ¿Por qué están tan juntos el amor y la muerte?… Tan juntos… ¿Alguien me lo puede explicar? En sus tumbas me arrastro de rodillas…»

Tercera voz: «La primera vez que maté a un alemán… tenía diez años, los partisanos ya me llevaban con ellos en las misiones. Aquel alemán estaba en el suelo, herido… Me dijeron que le quitase la pistola. Empecé a correr hacia él, entonces el alemán agarró su pistola con las dos manos y me apuntó a la cara. No le dio tiempo de disparar el primero, a mí sí… »No me dio miedo matar a alguien… Mientras duró la guerra no volví a acordarme de él. Alrededor no faltaban los muertos, vivíamos rodeados de muerte. Me sorprendí cuando muchos años más tarde de pronto soñé con aquel alemán. Fue algo inesperado… El sueño volvía una y otra vez… En ocasiones yo volaba y él me retenía. Yo me levanto en el aire… Vuelo… vuelo… Pero él me agarra y yo caigo junto con él. Caigo en un hoyo. Otras veces intento levantarme… ponerme de pie… Y él no me deja… Por su culpa, yo no puedo volar… »Ese mismo sueño… me persiguió durante varios años… »No podía confesárselo a mi hijo. Era un niño pequeño, no podía hablarle de ese sueño, le leía cuentos infantiles. Mi hijo se ha hecho mayor; sin embargo, sigo sin ser capaz de contárselo…»

Flaubert se definía a sí mismo como una pluma humana, yo puedo decir de mí que soy un oído humano. Cuando voy andando por la calle y me alcanzan palabras, frases, exclamaciones, siempre pienso: «Pero ¡cuántas novelas desaparecen en el tiempo sin dejar huella!». Desaparecen en la oscuridad. Existe una vertiente de la vida humana, la vertiente oral, que los literatos no logramos conquistar. Todavía no hemos aprendido a apreciarla, a asombrarnos ante ella, a admirarla. A mí me ha embrujado y me tiene cautivada. Adoro cómo habla el ser humano… Adoro la solitaria voz humana. Es mi gran amor y mi pasión. Mi recorrido hacia esta tribuna ha sido largo, han sido casi cuarenta años yendo de una persona a otra, de una voz a otra. No puedo decir que siempre me haya sentido lo bastante fuerte como para continuar: en muchas ocasiones, el ser humano me trastornaba y me atemorizaba. He experimentado entusiasmo y abominación. A veces he deseado olvidar todo lo que había oído y regresar a los tiempos en los que aún vivía en la ignorancia. También, más de una vez, he sentido ganas de llorar al ver lo hermoso del ser humano. Yo he vivido en un país donde nos enseñaban a morir desde que éramos niños. Nos instruían en la muerte. Nos explicaban que el ser humano vive para entregar su vida, para arder, para sacrificarse. Nos enseñaban a amar al hombre que lleva un arma en las manos.

Si hubiera crecido en otro país, no habría sido capaz de culminar este camino. El mal es implacable, hay que estar vacunado contra él. Pero nosotros crecimos entre verdugos y víctimas. Aunque nuestros padres vivían abatidos por el miedo y no nos lo explicaban todo —de hecho, no nos contaban nada—, el aire mismo que respirábamos estaba envenenado. El mal nos acechaba a todas horas. He escrito cinco libros, pero tengo la sensación de que es un único libro. Un libro sobre una utopía… Varlam Shalámov escribía: «Fui uno de los participantes en la gigantesca batalla perdida por la renovación real de la humanidad». Yo reconstruyo la historia de esa batalla, de sus victorias y de sus fracasos. De cómo querían construir el Reino de los Cielos en la tierra. ¡El paraíso! ¡La Ciudad del Sol! Pero todo terminó en un mar de sangre, en millones de vidas humanas arruinadas.

Sin embargo, hubo un tiempo en que ninguna idea política del siglo XX estuvo a la altura del comunismo (y de su símbolo, la Revolución de Octubre), ninguna era tan atractiva para los intelectuales occidentales y para la gente de todo el mundo. Raymond Aron decía que la revolución rusa era «el opio de los intelectuales». La idea del comunismo cuenta por lo menos con unos dos mil años. La encontramos en las obras de Platón, en su doctrina del estado ideal; en las de Aristófanes, en sus sueños acerca de un tiempo en que «todo será de todos»… En los escritos de Thomas More y de Tommaso Campanella… Más tarde, en los de Saint Simon, Fourier, Owen. Hay algo en el espíritu ruso que los empujó a intentar hacer realidad estos sueños.

Hace veinte años, entre maldiciones y lágrimas, nos despedimos del «imperio rojo». Ahora ya podemos observar la historia reciente con calma, como una experiencia histórica. Es importante, puesto que las discusiones sobre el socialismo todavía no han cesado. Ha crecido una nueva generación y aun así no son pocos los jóvenes que vuelven a leer a Marx y a Lenin. En las ciudades rusas se inauguran museos de Stalin y se le homenajea con monumentos. El «imperio rojo» ha desaparecido, pero el «hombre rojo» se ha quedado. Continúa existiendo. Mi padre, que murió hace poco, fue hasta el final un comunista devoto. Guardaba su carnet del partido. Yo no puedo tachar a nadie de Homo sovieticus, porque entonces tendría que usar esa fórmula despectiva con mi padre, con toda la gente que conozco y que me es próxima. Con mis amigos. Todos ellos vienen de allí, de la época socialista. Entre ellos no faltan los idealistas. Los románticos. Hoy les han asignado otro nombre: los románticos de la servidumbre. Los esclavos de la utopía. Creo que todos ellos hubiesen podido vivir una vida distinta, pero vivieron la vida soviética. ¿Por qué? Pasé mucho tiempo buscando la respuesta: recorrí ese enorme país que no hace mucho se llamaba Unión Soviética, grabé miles de cintas. A partir de migajas, de granos diminutos, he ido recopilando la historia del socialismo «doméstico», del socialismo «interior». Su existencia en el alma humana. Me sentía atraída por ese espacio reducido: el hombre… un hombre.

En realidad, es ahí donde todo ocurre. Después de la guerra, Theodor Adorno se quedó trastornado: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Mi maestro, Alés Adamóvich —hoy pronuncio su nombre con gratitud— también consideraba que escribir ficción sobre los horrores del siglo XX es un sacrilegio. No se puede inventar. Hay que exponer la verdad tal como es. Es necesaria una «superliteratura». Es el testigo quien debe hablar. También cabe recordar a Nietzsche y sus palabras: «Ningún artista tolera la realidad. No puede cargar con ella». Desde siempre me ha atormentado el hecho de que la verdad no cabe en un único corazón, en una mente. Es demasiado fragmentada, abundante, diferente, está repartida por todo el mundo. Dostoievski opinaba que la humanidad sabe más sobre ella misma, muchísimo más, de lo que ha tenido tiempo de registrar en la literatura. ¿Qué es lo que hago yo? Yo recopilo la cotidianidad de los sentimientos, de los pensamientos, de las palabras. Recolecto la vida de mi tiempo. Me interesa la historia del alma. La cotidianidad del alma.

Aquello que la gran Historia suele obviar, aquello de lo que prescinde su visión altiva. Yo me dedico a la historia omitida. He escuchado muchas veces y sigo escuchando ahora que eso no es literatura, sino documento. Pero ¿qué es la literatura hoy en día? ¿Quién responderá esta pregunta? Nuestra vida es ahora más rápida que la de antes. El contenido rompe la forma. La destruye y la modifica. Todo se desborda: la música, la pintura… incluso las palabras en los documentos trascienden los límites del documento. No hay frontera entre el hecho y la ficción, uno salpica al otro. Tampoco un testigo es imparcial. Cuando una persona narra, lucha contra el tiempo igual que un escultor lucha contra el mármol. Es a la vez el actor y el creador (el artista). A mí me interesa el hombre pequeño. El gran hombre pequeño, diría yo, porque sus sufrimientos le hacen más grande. En mis libros él mismo cuenta su pequeña historia, y junto con esa historia cuenta la gran Historia. Todavía no somos capaces de interpretar lo que nos ha ocurrido, lo que nos está ocurriendo, solo necesitamos pronunciarlo. Así se empieza, primero tenemos que pronunciarlo. Nuestro pasado nos asusta hasta que somos capaces de asumirlo.

En Los demonios, de Dostoievski, en los preámbulos de una conversación, Shátov le dice a Stavroguin: «Somos dos seres que se han juntado en la infinidad… por última vez. ¡Deje ese tono y hable como un humano! Solo por una vez, hable con la voz de un ser humano». De un modo parecido comienzan las conversaciones con mis personajes. ¡Por supuesto, una persona habla desde su tiempo, no puede hablar desde la nada! Pero abrirse camino hacia el alma humana es difícil, las supersticiones de nuestro siglo, sus manías y mentiras, empuercan el alma. Eso hacen la televisión y los periódicos. Me gustaría acudir a las páginas de mi diario para mostrar cómo iba avanzando el tiempo… cómo moría la idea… cómo yo seguía su rastro… 1980-1985 Estoy escribiendo un libro sobre la guerra. ¿Por qué sobre la guerra? Porque somos la gente de la guerra: o combatimos o nos preparamos para combatir. Bien mirado, todo lo enfocamos desde un punto de vista militar. Sea en casa, sea en la calle. Por eso aquí la vida humana se valora tan poco. Todo es como en la guerra. Al principio tenía mis dudas. Otro libro sobre la guerra… ¿Para qué? En uno de mis viajes como periodista conocí a una mujer que había sido auxiliar sanitaria durante la guerra. Me contó que era invierno, estaban atravesando a pie el lago Ládoga. El enemigo observó movimiento y abrió fuego. Los caballos, las personas, iban desapareciendo bajo la capa de hielo. Era de noche, a ella le pareció encontrar a un herido, lo agarró y lo arrastró hacia la orilla. «Estaba mojado, desnudo, pensé que la explosión le habría arrancado la ropa —me contaba—. Al llegar a la orilla descubrí que lo que había estado arrastrando era un pez enorme, un esturión herido. Y escupí todas las palabrotas que sabía; vale, la gente sufría… pero los animales, los pájaros, los peces, ¿qué habían hecho ellos para sufrir así?»

En otro viaje escuché la historia de una instructora sanitaria de un escuadrón de caballería. En mitad de un combate cogió a un alemán herido y lo llevó a resguardarse a un cráter que había dejado una explosión, pero no se dio cuenta de que era alemán hasta que ya estaban dentro. Tenía una herida en la pierna, se desangraba. ¿Qué hacer? ¡Era el enemigo! ¡Los chicos, sus compañeros, estaban muriendo en el campo de batalla! Sin embargo, vendó al alemán y salió a buscar más heridos. Trajo a un soldado ruso que había quedado inconsciente. Cuando volvió en sí quiso matar al alemán; el otro, a su vez, al despertar, quiso agarrar la metralleta para matar al ruso… «Me puse a repartirles bofetadas a uno y a otro —recordaba ella—. Los tres estábamos cubiertos de sangre. Las sangres se entremezclaban.»

Esa era una guerra que yo desconocía. La guerra de las mujeres. No de los héroes. No era esa guerra en la que unos mataban heroicamente a los otros. Se me quedó grabado en la memoria el lamento de una mujer: «Después del combate recorres el campo de batalla. Los chicos yacen allí… tan jóvenes, tan hermosos. Tumbados bocarriba, mirando al cielo. Sientes pena por unos y por otros». Ese «por unos y por otros» fue lo que me sugirió el tema de mi libro: que la guerra no es otra cosa que un asesinato. Así es como quedó registrado en la memoria de las mujeres. Hace un instante esa persona se reía, fumaba… y ahora ya no está. Por encima de todo, las mujeres hablan de la desaparición, de lo rápido que cualquier cosa en la guerra se convierte en nada. Tanto el hombre como el tiempo humano. Sí, ellas mismas fueron las que con diecisiete o dieciocho años pidieron que las enviasen al frente, pero ellas no querían matar. Aunque estaban dispuestas a entregar sus vidas. A morir por la Patria. Las cosas como son: por Stalin también.

El libro tardó dos años en publicarse, no se publicó hasta la llegada de la Perestroika. Hasta los tiempos de Gorbachov. «Después de este libro nadie querrá volver a combatir —me sermoneaba el censor—. Su guerra asusta. ¿Por qué no hay héroes?» Pero yo no buscaba héroes. Yo escribía la historia a través de sus testigos y participantes, en los que nadie se había fijado antes. A través de aquellos a los que nadie había preguntado nunca nada. No sabemos lo que piensa la gente, la gente de a pie, de las grandes ideas. Justo después de la guerra me contarían una guerra; unas décadas más tarde, es otra guerra distinta. Está claro que algo cambia en el ser humano cuando archiva toda su vida en los recuerdos. Toda su personalidad. Lo que vivió en esos años, lo que leyó, lo que vio y la gente que conoció. Las cosas en las que creía. Si era feliz o no. Los documentos son seres vivos, cambian junto con nosotros… Sin embargo, estoy completamente convencida de que las chicas de la guerra de 1941 son únicas. Fue la época más sublime de la idea «roja», más sublime incluso que los años de la revolución y de Lenin. Incluso hoy, su Victoria sigue destacando por encima del Gulag. Adoro infinitamente a estas muchachas. Aun así, con ellas no se podía hablar de Stalin, de cómo, una vez acabada la guerra, salían trenes para Siberia que transportaban a los vencedores, a los que eran un poco más osados. Los demás regresaron y guardaron silencio. En una ocasión oí: «Solo fuimos libres en la guerra. Cuando estábamos en primera línea del frente».

Nuestro principal capital es el sufrimiento. Ni el petróleo, ni el gas, sino el sufrimiento. Es lo único que explotamos constantemente. No paro de buscar la respuesta a eso: «¿Por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿De veras es inútil?». Chaadáev tenía razón: «Rusia es un país sin memoria, es el espacio de la amnesia total, la conciencia virgen para la crítica y la reflexión». Y eso que tenemos grandes libros amontonados bajo nuestros pies…

1989 Estoy en Kabul. No quería escribir más sobre la guerra. Y, fíjate, ahora estoy en una guerra real. Según el periódico Pravda, «estamos ayudando al pueblo hermano de Afganistán a construir el socialismo». Por todas partes me encuentro con gente de la guerra, con objetos de la guerra. Es el tiempo de la guerra. Ayer no me llevaron al combate: «Quédese en el hotel, señorita. Solo nos faltaba tener que responder luego por usted». Estoy en el hotel y reflexiono: «Hay algo inmoral en observar la valentía y los riesgos que corren los demás». Hace ya dos semanas que llegué y sigo sin poder deshacerme de la sensación de que la guerra es un fruto de la naturaleza masculina que yo no logro comprender. Pero la cotidianidad de la guerra es grandiosa. He descubierto que las armas son hermosas: las ametralladoras, las minas, los tanques. El ser humano ha invertido mucho ingenio en inventar las mejores formas de matar a otros seres humanos. La eterna disputa entre la verdad y la belleza. Me han enseñado una nueva mina italiana, mi reacción ha sido muy «femenina»: «Qué bonita. ¿Por qué es bonita?». Me han explicado con todo detalle, al estilo militar, que si un vehículo pasa encima de ella o una persona la pisa de una determinada forma… con determinado ángulo… quedará todo reducido a medio cubo de carne.

Aquí la gente habla de cosas anormales como si fueran normales, como si se dieran por sentadas. Bueno, ya se sabe, es la guerra… Nadie se lleva las manos a la cabeza, por ejemplo, al ver a un hombre tendido en el suelo que no ha caído víctima de causas naturales, ni del destino, sino de otro hombre. Presencié como cargaban el «tulipán negro» (el avión que transporta a casa en ataúdes de zinc a los caídos en combate). A menudo visten a los muertos con uniformes antiguos, de los años cuarenta, con el pantalón de montar. En ocasiones estos uniformes ni siquiera son suficientes para todos. Los soldados hablaban entre sí: «Hoy han llegado nuevos muertos al frigorífico. Huelen como la carne de jabalí cuando ya está rancia». Voy a escribir sobre esto. Me temo que en casa no me creerán. Nuestros periódicos solo describen las arboladas de la amistad que plantan los soldados soviéticos. Converso con los muchachos, muchos han venido voluntariamente. Han solicitado que los enviasen aquí. Me he dado cuenta de que en su mayoría provienen de familias cultas, son hijos de maestros, de médicos, de bibliotecarios… en resumen, de gente que lee. Habían soñado sinceramente con ayudar al pueblo afgano a construir el socialismo. Ahora solo les queda reírse de sí mismos. Me enseñaron un lugar en el aeropuerto donde cientos de ataúdes de zinc brillaban misteriosamente bajo el sol. El oficial que me acompañaba no supo contenerse: «Tal vez uno de esos sea mi ataúd… Me meterán dentro… ¿Por qué lucho aquí?». Él mismo se asustó de sus palabras: «No escriba eso».

De noche soñaba con los muertos, en todos los rostros se leía sorpresa: «¿Es que estoy muerto? ¿De verdad me han matado?». Acompañé a un grupo de enfermeras a un hospital para civiles afganos, fuimos a repartir regalos para los niños. Juguetes, dulces, galletas. A mí me tocaron cinco ositos de peluche. El hospital era un barracón largo, la única ropa de cama que había eran mantas. Una joven afgana con un niño en brazos se me acercó, quiso decirme algo, después de diez años todos habían aprendido a chapurrear algo de ruso; le di un osito a su niño, lo cogió con los dientes. «¿Por qué lo coge con los dientes?», pregunté sorprendida. La mujer apartó la manta del pequeño cuerpecito, el niño no tenía brazos. «Fueron tus rusos los que nos bombardearon.» Me tuvieron que sostener; estaba a punto de desvanecerme… Vi como nuestros cohetes Grad convertían una aldea en un campo arado. Visité un cementerio afgano tan grande como una aldea. En algún lugar en mitad del cementerio había una anciana afgana gritando. Recordé el aullido de una madre en un pueblo cerca de Minsk cuando le llevaron el ataúd de zinc a casa. Aquel grito no era humano, tampoco animal… Se parecía a lo que escuché en aquel cementerio de Kabul…

Confieso que no me hice libre de golpe. Era sincera con mis personajes, ellos confiaban en mí. Cada uno de nosotros recorrió su propio camino hacia la libertad. Antes de Afganistán yo creía en un socialismo con rostro humano. De allí regresé libre de cualquier ilusión. «Perdóname, padre —dije al volver—. Tú me educaste en la fe hacia los ideales comunistas, pero ver una sola vez a esos jóvenes que hasta hace poco eran estudiantes soviéticos, los mismos a los que tú y mamá habéis enseñado —mis padres eran maestros de una escuela de pueblo—, matando a gente que no conocen en una tierra ajena, es suficiente para convertir en ceniza todas tus palabras. Somos unos asesinos, papá, ¿lo entiendes?» Mi padre lloró. Muchas personas volvían libres de Afganistán. Pero también hay otros ejemplos. En Afganistán, un muchacho me dijo gritando: «Tú eres mujer, ¿qué vas a entender tú sobre la guerra? ¿Acaso en la guerra la gente muere igual que en las películas o en los libros? Allí la muerte es bonita, pero ayer mataron a un amigo mío de un balazo en la cabeza, y después de eso siguió corriendo diez metros más, tratando de alcanzar sus propios sesos…». Siete años después, ese mismo joven es un exitoso hombre de negocios a quien le encanta contar historias sobre Afganistán. Me llamó: «¿De qué sirven sus libros? Son demasiado terribles». Ahora es una persona diferente, ya no es aquel chico al que yo conocí en medio de la muerte, que no quería morir con veinte años…

Me pregunté qué tipo de libro sobre la guerra quería escribir. Me gustaría escribir un libro sobre un hombre que no disparara, un hombre incapaz de disparar a otro ser humano, un hombre a quien el mero pensamiento de la guerra causara dolor. ¿Dónde está ese hombre? No lo he encontrado. 1990-1997 La literatura rusa es interesante porque es la única que puede contar la historia de un experimento llevado a cabo en un país enorme. A menudo me preguntan: «¿Por qué siempre escribe sobre lo trágico?». Porque así es como vivimos nosotros. Vivimos en diferentes países, pero el hombre «rojo» está en todas partes. Procede de la misma vida y tiene los mismos recuerdos.

Me resistí a escribir sobre Chernóbil durante mucho tiempo. No sabía cómo abordarlo, qué instrumentos utilizar, por dónde empezar… El mundo nunca había oído casi nada acerca de mi pequeño país, escondido en un rincón de Europa, pero ahora su nombre estaba en boca de todos, sonaba en todos los idiomas; nosotros, los bielorrusos, nos habíamos convertido en el pueblo de Chernóbil. Fuimos los primeros en enfrentarnos a lo desconocido. No cabía duda: además de los desafíos comunistas, étnicos y religiosos (estos últimos, recientes), en el futuro nos aguardarían otros nuevos, ocultos hasta ahora, pero seguramente más salvajes y globales. Algo se dejó ver después de Chernóbil…

Recuerdo a un taxista, un hombre de cierta edad, echando pestes cuando una paloma se chocó contra el parabrisas: «Cada día me caen encima dos o tres, pero los periódicos siguen diciendo que la situación está bajo control». Recogían las hojas de los jardines de la ciudad para llevarlas a las afueras y enterrarlas. Quitaban la capa superior de la tierra de las áreas contaminadas y la enterraban también: la tierra era enterrada bajo la tierra. Sepultaban la leña, la hierba. Todo el mundo parecía un poco loco. Un viejo apicultor me explicaba: «Salí al jardín por la mañana y noté que faltaba algo, un sonido familiar… No había abejas… No se oía ni una sola abeja. ¡Ni una! ¿Cómo? ¿Qué está pasando? Tampoco volaron al segundo día, ni al tercero… Después nos dijeron que había habido un accidente en la central nuclear que tenemos aquí al lado. Pero no supimos nada durante mucho tiempo. Las abejas lo sabían, pero nosotros no».

En los periódicos toda la información sobre Chernóbil se redactaba en lenguaje militar: explosión, héroes, soldados, evacuación… El KGB trabajaba en la central. Estaban buscando a los espías y saboteadores, circulaban rumores de que el accidente había sido planeado por los servicios de inteligencia occidentales con el fin de socavar el bloque socialista. Las tropas y la técnica militar se desplazaban hacia Chernóbil. El sistema seguía funcionando como siempre, al estilo militar, pero en este nuevo mundo un soldado con una metralleta por estrenar resultaba una figura trágica. Lo único que conseguiría eran grandes dosis de radiación y la muerte de regreso a casa. Ante mis ojos, la gente de antes de Chernóbil se convertía en la gente de la época de Chernóbil. La radiación no se podía ver, ni tocar, ni oler… El mundo a nuestro alrededor era a la vez familiar y desconocido. Cuando viajé a la zona, me avisaron de inmediato: «No recoja flores, no se siente en la hierba, no beba agua del pozo…».

La muerte se escondía en todas partes, aunque era un tipo diferente de muerte. Llevaba un nuevo disfraz. Iba de incógnito. Las personas mayores que habían vivido la guerra se encontraban de nuevo con una evacuación. Miraban el cielo: «El sol está brillando… No hay humo, no hay gas. No se oyen disparos. ¿Cómo va a ser esto una guerra? Pero otra vez volvemos a ser unos refugiados». Por la mañana todo el mundo cogía ávidamente los periódicos y enseguida los dejaba otra vez, decepcionado: no se habían encontrado espías. Nadie escribía ya sobre los enemigos del pueblo. Un mundo sin espías y sin enemigos del pueblo también era una tierra incógnita. Aquello fue el comienzo de algo nuevo.

Después de Afganistán, Chernóbil nos hizo libres. Mi mundo se abrió. Dentro de la zona ya no me sentía bielorrusa, rusa ni ucraniana, sino representante de una especie biológica que podría ser destruida. Dos catástrofes coincidieron en el tiempo: una catástrofe social, la Atlántida socialista hundiéndose; y una catástrofe cósmica, Chernóbil. La caída del imperio inquietaba a todos; la gente estaba preocupada por la vida cotidiana: ¿cómo y con qué compraría las cosas necesarias? ¿Cómo sobreviviría? ¿En qué creería? ¿A qué bandera se uniría? ¿O es que había que aprender a vivir sin una gran idea? Esto último nos resultaba desconocido, nadie de los nuestros había vivido nunca de esa manera. El hombre «rojo» se enfrentaba a cientos de preguntas, y estaba solo frente a ellas. Nunca se encontró tan solo como en los primeros días de libertad.

Yo vivía rodeada de gente en estado de shock. Los escuchaba… Cierro mi diario… ¿Qué nos pasó cuando el imperio se derrumbó? Antes el mundo estaba compuesto por verdugos y víctimas (así fue el Gulag), por hermanos y hermanas (así fue la guerra), hasta que llegó el electorado (sinónimo de la tecnología y el mundo contemporáneos). Antes nuestro mundo se dividía entre los que habían sido encarcelados y los que los habían encarcelado… Pero hoy en día la división es entre eslavófilos y occidentalistas, entre fascistas-traidores y patriotas. Y también entre los que pueden comprar y los que no pueden. Esto último, diría, es la experiencia más cruel que siguió al socialismo, porque hasta hace no mucho todos éramos iguales. El hombre «rojo» era incapaz de entrar en el reino de la libertad que había soñado sentado en su cocina. Se repartieron Rusia sin él, y se quedó sin nada. Humillado y desvalijado. Agresivo y peligroso.

Estos son algunos de los comentarios que escuché mientras viajaba por Rusia: «El único camino que tenemos para llegar a la modernización son aquellos antiguos campos de prisioneros para científicos y los pelotones de fusilamiento.» «En realidad los rusos no quieren ser ricos, creo que hasta les da miedo. ¿Qué quieren entonces? Siempre han deseado lo mismo: que nadie se haga rico. Al menos no más ricos que ellos.» «Por aquí no hay gente honesta, pero no vamos mal de santos.» «Nunca veremos una generación que no haya crecido con azotes; los rusos no entienden la libertad, necesitan el cosaco y el látigo.» «Las dos palabras más importantes en Rusia son “guerra” y “prisión”. Robas, te diviertes un rato y te encierran… luego sales y vuelta otra vez a la cárcel…» «La vida rusa tiene que ser viciosa y despreciable, así el alma se eleva, se da cuenta de que no pertenece a este mundo… Cuanto más sucia y sangrienta es la realidad, más espacio hay para el alma…» «Nadie tiene ni la energía ni la locura necesarias para una nueva revolución. Ni el coraje. El hombre ruso necesita una idea que le haga temblar…» «Así que nuestra vida se balancea entre el caos y los cuarteles… El comunismo no ha muerto, su cadáver todavía está vivo.» Me tomaré la libertad de decir que perdimos la oportunidad que teníamos en la década de 1990. Era la ocasión de preguntarnos: «¿Qué tipo de país deberíamos tener, un país fuerte o un país digno, donde la gente pueda vivir decentemente?». Y nosotros elegimos la primera opción: un país fuerte. Otra vez estamos viviendo una era de poder. Los rusos luchan contra los ucranianos. Contra sus hermanos. Mi padre es de Bielorrusia; mi madre, de Ucrania. Mucha gente es como yo. Los aviones rusos están bombardeando Siria… Un tiempo lleno de esperanzas ha sido sustituido por un tiempo de miedos. El tiempo va en dirección contraria. Ahora vivimos un tiempo de segunda mano…

Ya no estoy segura de haber terminado de escribir la historia del hombre «rojo»… Yo tengo tres casas: mi tierra bielorrusa, patria natal de mi padre, donde he vivido toda mi vida; Ucrania, la tierra natal de mi madre, donde nací; y la gran cultura de Rusia, sin la cual no puedo imaginarme a mí misma. Todas me son muy queridas. Pero en los tiempos que corren es difícil hablar de amor.

Svetlana Alexiévich, la voz del dolor de la guerra. Foto: efe

Svetlana Alexiévich, la voz del dolor de la guerra. Foto: efe

¿Quién es SvetlanaAlexiévich? Es una prestigiosa periodista y escritora bielorrusa cuya obra ofrece un retrato profundamente crítico de la antigua Unión Soviética y de las secuelas que ha dejado en sus habitantes, e indaga en la capacidad de sufrimiento y de felicidad del ser humano. Su espíritu crítico, su profundo compromiso con los que sufren y su fructífera carrera literaria han sido reconocidos con innumerables galardones, entre los que cabe destacar el Premio Nobel de Literatura (2015), el Premio Ryszard Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013). Es oficial de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa. Debate ha publicado: La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbil y Los muchachos de zinc.

Nobel bielorrusa Svetlana Alexievich participará en Feria del Libro de Bogotá

viernes, febrero 26th, 2016

Alexievich, que también es periodista, ha dedicado su vida a relatar los testimonios individuales de sucesos como la Segunda Guerra Mundial, el desastre nuclear de Chernobil o la caída de la Unión Soviética.

Foto: EFE

Foto: EFE

Bogotá, 26 feb (EFE).- La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, participará este año en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, confirmaron hoy los organizadores.

Alexievich, que también es periodista, ha dedicado su vida a relatar los testimonios individuales de sucesos como la Segunda Guerra Mundial, el desastre nuclear de Chernobil o la caída de la Unión Soviética.

Autora de libros como La guerra no tiene rostro de mujer, El fin del homo sovieticus, Los muchachos de zinc y Voces de Chernobil, Alexievich ganó el Nobel por “su obra polifónica, que es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”, recordó la organización.

La Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), que en su edición de este año tendrá a Holanda como país invitado de honor, se celebrará del 19 de abril al 2 de mayo próximo.

¿Qué hacías en la guerra, mamá?: Svetlana Alexiévich

sábado, enero 30th, 2016
Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Una visión femenina de las contiendas bélicas a lo largo de la historia, escrita por la Premio Nobel bielorrusa, estremece al hacernos caer en la cuenta de que los conflictos militares no han sido, como ha pretendido la literatura oficial, sólo un asunto de hombres.

Ciudad de México, 30 de enero (SinEmbargo).-  “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que hay en él de inmutable”.

Las palabras de la Premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich, nacida en Ivano-Frankivsk en 1948 precisan hasta qué punto se ha comprometido para contar la historia de casi un millón de mujeres combatientes en la filas del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial.

Un ejército victorioso que ha narrado su periplo con voz masculina entre cuyas sombras emerge el silencio de las instructoras sanitarias, francotiradoras, enfermeras, mujeres que aprendieron a ver la guerra de un modo muy distinto a los hombres y que, quizás por lo mismo, callaron durante mucho tiempo sus experiencias.

Ya está en las librerías, gracias a los buenos oficios de editorial Debate La guerra no tiene rostro de mujer, un recuento de recuerdos distintos, porque el género femenino no puede recordar igual. Tanto así que hay hombres que dicen que las mujeres inventan.

“Sin embargo, lo he comprobado: eso no se puede inventar. ¿Copiado de algún libro? Sólo se puede copiar de la vida, solo la vida real tiene fantasía”, afirma Alexiévich.

Un libro conmovedor, editado por Debate. Foto: Especial

Un libro conmovedor, editado por Debate. Foto: Especial

LA GUERRA INESPERADA

Si para los varones en muchas partes del mundo, la guerra comienza a cobrar forma en la punta de un fusil de plástico, en los juegos infantiles donde se “mata” al enemigo y se “apresa” al más débil, la guerra en la historia de las mujeres es algo inesperado, casi nunca bienvenido ni impulsado.

“Ellas no contaban que tendrían que hacer ese trabajo”, dice la autora.

Efectivamente, como algo que el azar y el instinto combativo que asuela periódicamente la historia humana, el pensamiento alrededor de la guerra por parte de las mujeres es más sensible, más humano y, por eso, “la guerra femenina es más terrible que la masculina”.

“En el centro siempre está la insufrible idea de la muerte, nadie quiere morir. Y aún más insoportable es tener que matar, porque la mujer da la vida. La regala. La lleva dentro durante un largo tiempo la cuida. He comprendido que para una mujer matar es mucho más difícil”, reflexiona Svetlana.

La guerra no tiene rostro de mujer reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña.

¿Qué les ocurrió? ¿Cómo las transformó la experiencia bélica? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? Ellas hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte.

Alexiévich deja que sus voces resuenen en este libro estremecedor, que pudo reescribir en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión, explica la editorial Debate en la contraportada.

Un ejemplo:

“¿Qué sabíamos nosotros sobre el amor? Si alguno había tenido alguno, había sido elamor de colegio y el amor de colegio no deja de ser un amor infantil…Recuerdo que una vez los alemanes nos cercaron…Cavábamos la tierra con las manos, no teníamos nada. Ni siquiera palas. Nada. El cerco se iba estrechando, se acercaban, cada vez más y más. Lo decidimos: Esta noche o rompemos el cerco o moriremos. A mí me parecía que seguramente acabaríamos todos muertos. No sé si vale la pena que lo cuente…No sé”.

Quién es Svetlana Alexiévich: Tiene 67 años. Su padre era bielorruso y su madre, ucraniana. La familia se mudó a Bielorrusia debido al trabajo de su padre como militar. Allí, ella se apuntó para estudiar periodismo en la Universidad de Minsk, donde cursó desde 1967 hasta 1972.

Después de graduarse, trabajó durante varios años como periodista antes de publicar su primer libro en 1985: War’s Unwomanly Face, el que ahora reaparece en español, editado sin censura.

Basado en las entrevistas a cientos de mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial, se trató de un trabajo que establecería su estilo como escritora y reportera, construyendo narraciones de los testigos de los eventos trágicos de la historia.

“Elegí un género donde las voces humanas hablan por sí mismas”, ha dicho de su oficio, el periodismo.

Alexievich había ganado los premios PEN de Suecia y el prestigioso Ryszard Kapuściński de Polonia donde destacaron su “dignidad y coraje como escritora”.

Es la primera periodista de la historia en ganar el Premio Nobel.

Un día frío, un buen lugar para leer un libro: Puntos y Comas

sábado, enero 30th, 2016

Como en aquella hermosa canción del brasileño Djavan, el fin de semana largo representa una hermosa oportunidad para tener un tú a tú con los libros postergados y de ese modo ponernos al día con nuestro espíritu, siempre ávido de letras

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Ciudad de México, 30 de enero (SinEmbargo).-“La figura del escritor en México está desgastada”, dice Verónica Flores, la ex editora de Tusquets, empresa editorial cuyos rumbos encaminó durante 15 años, afianzando la carrera de autores hoy sustanciales como Élmer Mendoza y Cristina Rivera Garza, entre otros.

Junto a Vanessa Fuentes, su colaboradora de siempre, fundó la agencia literaria VF, dispuesta a llenar un vacío en la materia en nuestro país y a competir de igual a igual con los representantes internacionales, una circunstancia que amerita la entrevista de portada.

Llegamos a fin de mes y Puntos y Comas con un suplemento que profundiza el interés por los libros mediante la columna del invitado, esta vez el entrañable escritor juarense César Silva Márquez, quien al parecer ha mantenido una conversación de amigos con Barry Seaman, uno de los personajes más populares de 2666, la monumental novela de Roberto Bolaño.

La segunda entrega de “Mesa de noche”, de Jorge Zepeda Patterson, analiza las novelas El príncipe que fui, del mexicano Jordi Soler y La templanza, de la española María Dueñas.

¿Qué hacías en la guerra, mamá?, le preguntamos a la Premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de La guerra no tiene rostro de mujer.

El periodista y crítico musical Pablo Espinosa, director de cultura de La Jornada, nos abre los anaqueles del alma en su biblioteca y comparte sus libros más queridos.

El perfil de la periodista y escritora vasca Arantxa Urretabizkaia nos lleva a las épocas del dictador Francisco Franco, cuando había reglas hasta para respirar y no se hablaba afuera lo que se sentía adentro.

Editorial Resistencia, Ediciones Antílope, Los libros del Zorro Rojo, NitroPress: los sueños de las editoriales independientes en México también son los nuestros. Mientras tanto, la Brigada para leer en libertad regala tres libros, un ejercicio –el de la generosidad- que ha hecho tan respetada y querida a su líder, Paloma Saiz.

Richard Ford vuelve a Frank Bascombe y Karin Slaughter ofrece con Flores cortadas, un nuevo y escalofriante thriller.

Mucho para leer en este fin de semana largo, como en aquella hermosa del brasileño Djavan “Um dia frio”: Un día frío, un buen lugar para leer un libro, mientras pienso en ti, porque sin ti no vivo… ni siquiera por toda la riqueza de los jeques árabes dejaría de pensar en ti…

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2015: Un año de luces y sombras para la literatura mundial

lunes, diciembre 28th, 2015

ID_ANUARIO2015Se fueron Grass, Galeano y Balcells; ganaron Alexiévich, Del Paso y Padura. 2015 llenó el mundo de claroscuros literarios y periodísticos.

Con la muerte de la agente literaria, termina una época de victoria para la literatura en español. Foto: efe

Con la muerte de Carmen Balcells terminó una época de victoria para la literatura en español. Foto: efe

Por Catalina Guerrero

Ciudad de México, 28 de diciembre (SinEmbargo/EFE) – El reportaje periodístico obtuvo la máxima distinción al lograr la bielorrusa Svetlana Alexiévich el Nobel de Literatura 2015, en un año en que las letras europeas y latinoamericanas se tiñeron de luto con la muerte del nobel alemán Günter Grass y del uruguayo Eduardo Galeano.

Se fue asimismo Carmen Balcells, la agente literaria española que hizo posible el llamado “boom” de la literatura latinoamericana.

No fueron los únicos en decir adiós en 2015, también se marcharon el sueco Henning Mankell, los británicos Oliver Sacks, Ruth Rendell y Raymond Carr, y el español Rafael Chirbes, entre otros.

El 2015 fue también un año de celebraciones, al menos para el mexicano Fernando del Paso, que recibió el Cervantes; para el cubano Leonardo Padura, que obtuvo el Princesa de Asturias de las Letras, o para la uruguaya Ida Vitale, que ganó el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el máximo reconocimiento en su género.

Y el colombiano Pablo Montoya se llevó el prestigioso Rómulo Gallegos por Tríptico de la Infamia.

Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Pero fue el género periodístico el que resultó encumbrado al ir a parar el Nobel de Literatura 2015 a la bielorrusa Svetlana Alexiévich, de 67 años, por “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.

Es autora de La guerra no tiene rostro de mujer (1983), considerada una obra maestra del periodismo de investigación sobre las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial; Los chicos del latón (1989), sobre la guerra en Afganistán; Voces de Chernóbil (1997), en la que documenta la mayor catástrofe nuclear de la historia; Últimos testigos (2004) y Tiempo de segunda mano (2013), sobre la desintegración de la URSS.

Maestra del reportaje literario, género con el que relata con toda su crudeza el fracaso de la utopía soviética, Alexievich es dueña de una escritura a medio camino entre la novela, la entrevista y la crónica que se ha bautizado como “novela de voces”.

Su distinción llegaba nueve meses después de que el terrorismo yihadista atentase contra la libertad de expresión al matar a varios integrantes del semanario satírico francés Charlie Hebdo, en París.

Eduardo Galeano falleció el 13 de abril a los 74 años. Foto: Cuartoscuro.

Eduardo Galeano falleció el 13 de abril a los 74 años. Foto: Cuartoscuro.

De las filas del periodismo venía también Galeano, considerado uno de los más destacados autores de la literatura latinoamericana, y que firmó la icónica Las venas abiertas de América Latina (1971), censurada por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile, o Memoria del fuego (1986), otra de sus obras más conocidas, en este caso un repaso de la historia de Latinoamérica.

El azar quiso que la vida de este apasionado del fútbol se apagase a los 74 años, el 13 de abril, un día de luto para la literatura mundial pues también expiraba a los 87 el nobel alemán Günter Grass, una conciencia crítica de la época en que vivió. “Vamos a la tercera guerra mundial”, advertía poco antes de morir.

Irreemplazable es también Carmen Balcells, “la mejor agente literaria del mundo”, en palabras del peruano Bryce Echenique, uno de los más de trescientos autores de lengua española y portuguesa que se pusieron en las manos de la “Mamá Grande” del “boom” literario latinoamericano y que dejó de existir a los 85 años.

Aunque sigan viviendo en sus libros, otras voces que este año se apagaron para siempre fueron las del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (82 años), cuyas obras sobre los recovecos de la mente humana (Despertares o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero), han vendido millones de ejemplares en todo el mundo.

Se despidió con un emotivo artículo en The New York Times en el que decía: “por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.

El cáncer se llevó también al sueco Henning Mankell (67 años), maestro de la novela negra nórdica y uno de los narradores más leídos y celebrados de Europa por su inspector Kurt Wallander. Compartió su lucha y viaje a la muerte en Arenas movedizas.

La gran dama de la novela negra de misterio, la británica Ruth Rendell, respetada por la profundidad psicológica de sus obras, se iba a los 85 años de edad, mientras que su compatriota Raymond Carr, el gran historiador de la España contemporánea, lo hacía a los 96.

Svetlana Alexievich recibe el Nobel de Literatura por dar voz a los sobrevivientes de Chernóbil

jueves, diciembre 10th, 2015

Alexiévich escribe sobre temas trágicos porque es así como viven los que conocieron lo antiguos regímenes comunistas. “El ‘hombre rojo’ está por todas partes y vive de esos recuerdos”.

Svetlana Alexievich recibió hoy el Premio Nobel de Literatura. Foto: EFE

Svetlana Alexievich recibió hoy el Premio Nobel de Literatura. Foto: EFE

Ciudad de México, 10 de diciembre (SinEmbargo/EFE).-  La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich recibió hoy en Estocolmo el premio Nobel de Literatura de manos del Rey Carlos XVI Gustavo de Suecia, por su obra Voces de Utopía, en la que se analiza la vida de la antigua URSS desde la perspectiva de los individuos.

La escritora y periodista de 67 años retrató en sus libros las amargas consecuencias del dominio soviético, por lo que el presidente del Comité Nobel de Literatura, Per Wästberg, aseguró que los relatos de Alexiévich “perturban” a sus lectores, “especialmente en este año de flujo de refugiados, cuando sus historias sobre la tenacidad y el valor de los desamparados son más apropiadas que nunca”.

Voces de Utopía es la “obra maestra literaria y moral”, en la que traza “la historia mental de los ciudadanos soviéticos que ella asocia a una tumba, a un baño de sangre y a un diálogo interminable entre verdugos y víctimas lo más oculto posible”, agregó Wästberg.

Alexiévich compone sus obras a partir de la memoria oral de sus protagonistas, que ella ordena y organiza como un coro de seres marcados por sus experiencias, especialmente de los que sufren los efectos de las guerras. Por ello, la periodista y escritora, merecedora del galardón por su obra “polifónica, un homenaje al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, según la Academia sueca, se definió como “un oído humano”, que durante cuarenta años ha escuchado miles de pequeñas historias, que le han provocado tanto “admiración” como “repulsión”.

Nacida en la antigua Unión Soviética en 1948, Alexiévich habló del comunismo. “La gente quiso instaurar el reino de los cielos en la Tierra. ¡El paraíso. La ciudad del sol!. Y al final, solo quedó un océano de sangre y millones de vidas arruinadas por nada”.

Hace 20 años que el “imperio rojo” desapareció, pero el “hombre rojo” sigue todavía existiendo, dijo la autora de La guerra no tiene rostro de mujer, Los ataúdes de zinc y La súplica.

Alexiévich escribe sobre temas trágicos porque es así como viven los que conocieron lo antiguos regímenes comunistas. “El ‘hombre rojo’ está por todas partes y vive de esos recuerdos”.

Un hombre que tras la caída del comunismo y el accidente de Chernobil, se dio cuenta de que había “un mundo sin espías, sin enemigos del pueblo”, cuando “la Atlántida socialista fue tragada por las aguas”, “se encontró frente a cientos de preguntas y estaba solo. Nunca estuvo tan solo como en esos primeros días de libertad”, dijo la Nobel de Literatura.

Ante un auditorio lleno, criticó que Rusia haya vuelto a “los tiempos de la fuerza”. “los rusos hacen la guerra a los ucranianos. A sus hermanos. Mi padre es bielorruso y mi madre ucraniana. Hay muchos en esta misma situación. Los aviones rusos están bombardeando Siria…”

La Premio Nobel Svetlana Alexiévich y la narración de la catástrofe en “Voces de Chernóbil”

lunes, octubre 12th, 2015
Svetlana Alexiévich recibe a la prensa de su país tras conocerse el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura. Foto: efe

Svetlana Alexiévich recibe a la prensa de su país tras conocerse el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura. Foto: efe

La flamante Premio Nobel de Literatura, nacida hace 67 años en Bielorrusia, escribe una crónica del futuro en su libro de 1997, por ahora el único de su autoría que se consigue en español

Ciudad de México, 12 de octubre (SinEmbargo).- Los pedacitos de hígado en la punta de la lengua. La sangre que mancha las sábanas. Los forúnculos que construyen la apariencia de un monstruo. La piel que se desprende del hueso. Y a los 14 días, el enfermo muere.

Es enterrado sin zapatos, por los pies hinchados. Envuelto en una bolsa de nylon, dentro de un ataúd que va dentro de otro ataúd, luego un sarcófago. El hormigón encima y los restos del cuerpo martirizado, reposando en manos de “la ciencia”, para la investigación.

Liudmila, la esposa del bombero Vasili Ignatenko, quiere hablar de la muerte pero sólo le sale la palabra amor.

“-No debe olvidar que lo que tiene delante, ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez.

Pero yo estoy como loca. ¡Lo quiero! ¡Lo quiero! Él dormía y yo le susurraba: Te amo. Iba por el patio del hospital ¡Te amo! Llevaba el orinal ¡Te amo! Recordábamos cómo vivíamos antes. En nuestra residencia. Él se dormía por la noche sólo después de tomarme la mano. Tenía esa costumbre, mientras dormía, tomarme de la mano…toda la noche”.

En el primer relato de Voces de Chernóbil, el libro traducido al español de la flamante Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, lo que se cuenta es una historia de amor.

La muerte hace reino en los días posteriores al sábado 26 de abril de 1986, cuando a las 13 30 horas explotó el hidrógeno acumulado en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, pero en lo único que piensa Liudmila es cómo ama a ese hombre que se despedaza en una cama de hospital, con el que pronto tendrá un niño, circunstancia que ha escondido a los médicos.

Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Un Premio Nobel al reportaje periodístico. Foto: efe

Durante los 14 días que dura la agonía de Vasili, uno de los primeros junto con sus compañeros, en ir corriendo en mangas de camisa, sin traje protector ni prevención alguna, al accidente nuclear que constituye -junto con Fukushima en 2011- el mayor desastre ambiental de la historia y cuyas consecuencias, como bien apunta Svetlana Alexiévich en su libro, padeceremos hasta dentro de 200 mil años (en tiempos humanos, la eternidad misma), la mujer es la única que ingresa en la cámara hiperbárica donde tienen depositado a su marido.

Liudmila no se resigna. Su joven esposo es una bomba radiactiva, pero ella lo besa, lo toca, trata de que beba un poco de leche, rocen sus labios la textura de una manzana, a pesar de que el cuerpo rechaza todo alimento.

“¿Qué esperabas?”, le dice una enfermera. “Ha recibido mil seiscientos roentgen – antigua unidad utilizada para medir el efecto de las radiaciones ionizantes- cuando la dosis mortal es de cuatrocientos”.

Medidas desesperadas frente a un fenómeno desconocido propiciaron incluso una operación de médula cuya donante fue la hermana pequeña del bombero, quien quedó inválida de por vida, truncados todos sus sueños de estudiar, trabajar, casarse y tener niños.

Embarazada de seis meses, Liudmila no teme al contagio anunciado. Cuando finalmente nació Natasha, Vasili ya había muerto.

“Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas. Pero tenía cirrosis. En su hígado había 28 roentgen. Y una lesión congénita del corazón. A las cuatro horas me dijeron que la niña había muerto. Yo la maté. Fue mi culpa. Mi niña me ha salvado. Recibió todo el impacto radiactivo. Se convirtió, como dijéramos, en el receptor de todo el impacto”.

LA TRAGEDIA DE BIELORRUSIA

Bielorrusia –nación soberana desde 1990- es el país más afectado por la radiactividad tras la catástrofe de Chernóbil de 1986 en la vecina Ucrania.

La cercanía de la central nuclear y la dirección del viento hicieron que el 70% del total de la contaminación recayera en territorio bielorruso. Las consecuencias que todavía hoy sufre el país son terribles: altos índices de cánceres y leucemia, así como malformaciones físicas y distintas enfermedades relacionadas con una larga exposición a la radiactividad.

“Nosotros los bielorrusos nos convertimos en el pueblo de Chernóbil”, dice la flamante Premio Nobel. Su libro Voces de Chernóbil (1997), que fue traducido a varios idiomas y hoy es el único que se consigue en español, editado por Siglo XXI, “no se trata tanto de la catástrofe de Chernóbil como sobre el mundo después de ella: cómo la gente se adapta a la nueva realidad, que ya ha sucedido, pero aún no se percibe.

La gente después de Chernóbil obtiene nuevos conocimientos, que son de beneficio para toda la humanidad. Viven como si fuera después de la Tercera Guerra Mundial, después de una guerra nuclear”, afirma.

Un libro estremecedor. Foto: Especial

Un libro estremecedor. Foto: Especial

Para Svetlana Alexiévich “Chernóbil es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto se encendió, cegadora, la eternidad”.

Voces de Chernóbil cuenta cómo “el mundo conocido se convirtió en desconocido” y cómo con el accidente nuclear de 1986, “ha empezado la historia de las catástrofes, pero el hombre no quiere pensar en eso, porque nunca se ha parado a pensar en esto; se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado”.

Curiosamente, otro eterno candidato al Nobel, el japonés Haruki Murakami, contó también la catástrofe de la historia contemporánea en Underground, cuando al salirse totalmente de su registro narrativo elaboró un libro con los testimonios de las víctimas del atentado con gas sarín en el metro de Tokio, que sacudió a la sociedad japonesa y al mundo en 1995.

La necesaria narración de la catástrofe y ese misterio que anticipa una nueva era –nada esperanzadora para la humanidad- parecen ser los fundamentos tácitos en el otorgamiento del Nobel a la escritora bielorrusa.

Premiada “por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”, la Academia Sueca ha resaltado que su obra profundiza en la comprensión de toda una era a través de un método “extraordinario”, un collage de voces humanas compuesto de forma cuidadosa.

“Ha inventado un nuevo género literario, supera el formato del periodismo, continuando lo que otros autores han contribuido a elaborar”, señaló minutos después de anunciar el nombre de la ganadora la nueva secretaria permanente de la Academia, Sara Danius.

Svetlana Alexiévich recibirá el galardón el próximo 10 de diciembre, en una solemne ceremonia a llevarse a cabo, como es tradición, en Estocolmo.

Respeto el mundo ruso de la literatura, pero no al de Stalin y Putin: Premio Nobel

jueves, octubre 8th, 2015

Svetlana Alexiévich se mostró convencida de que con su campaña de bombardeos en Siria, el Presidente ruso, Vladímir Putin, está llevando a su país a un “segundo Afganistán”.

Foto: EFE

El Nobel de Literatura de este año ha reconocido por primera vez el reportaje periodístico en la figura de la bielorrusa Svetlana Alexiévich. Foto: EFE

Moscú, 8 oct (EFE).- La bielorrusa Svetlana Alexiévich, galardonada con el Premio Nobel de Literatura, aseguró hoy en su primera comparecencia pública que no siente respeto por “el mundo ruso de Stalin y Putin”.

“Respeto el mundo ruso de la literatura y la ciencia, pero no el mundo ruso de Stalin y Putin”, dijo durante una rueda de prensa retransmitida en directo por internet.

Alexiévich, quien llegó al acto en el coche del embajador sueco, se mostró agradecida por el galardón ante decenas de periodistas que la aguardaban en la sede del PEN Internacional de la capital bielorrusa.

“Tampoco me gusta ese 84 por ciento de rusos que llama a matar ucranianos”, señaló la escritora que nació en 1948 en el oeste de Ucrania.

Además, se mostró convencida de que con su campaña de bombardeos en Siria, el presidente ruso, Vladímir Putin, está llevando a su país a un “segundo Afganistán”.

La Guerra de Afganistán, acontecimiento que precipitó la desintegración soviética, es el protagonista de su libro “Los chicos del zinc” (1989), escrito desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de los caídas en el país centroasiático.

La escritora confesó que quiere “mucho” a Ucrania y recordó que estuvo en la revolución que tuvo lugar el pasado año en Kiev en la que fue derrocado el presidente, Víktor Yanukóvich.

“Estuve en (la plaza) Maidán y he llorado ante las fotografías de la centuria celestial”, los ciento caídos en la revuelta popular de febrero de 2014, dijo.

NOBEL PARA EL REPORTAJE PERIODÍSTICO

El Nobel de Literatura de este año ha reconocido por primera vez el reportaje periodístico en la figura de la bielorrusa Svetlana Alexiévich, premiada hoy “por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.

La Academia Sueca ha resaltado que su obra profundiza en la comprensión de toda una era a través de un método “extraordinario”, un collage de voces humanas compuesto de forma cuidadosa.

“Ha inventado un nuevo género literario, supera el formato del periodismo, continuando lo que otros autores han contribuido a elaborar”, señaló minutos después de anunciar el nombre de la ganadora la nueva secretaria permanente de la Academia, Sara Danius.

Foto: EFE

En declaraciones a varios medios suecos desde su residencia en Minsk, la ganadora mostró sin embargo su sorpresa por el galardón. Foto: EFE

Danius, que asumió el puesto hace unos meses, es la primera mujer que ostenta ese cargo en la institución que concede el Nobel de Literatura y que este año eligió a la autora bielorrusa “con gran acuerdo y entusiasmo”.

Alexiévich, de 67 años, era la gran favorita, en las casas de apuestas y en Estocolmo; con el aval, entre otros, de Maria Schottenius, exjefa de Cultura de “Dagens Nyheter”, principal diario sueco, y que ya había acertado de antemano los ganadores en 2008 y en 2009, entre acusaciones veladas de haber recibido información privilegiada.

En declaraciones a varios medios suecos desde su residencia en Minsk, la ganadora mostró sin embargo su sorpresa por el galardón.

“Lograr este premio es algo grande. Es algo del todo inesperado y casi una sensación inquietante. Pienso en los grandes autores rusos como Boris Pasternak”, dijo a la televisión pública sueca “SVT”, asegurando que viajará a Estocolmo para recibir el Nobel, que se entrega el 10 de diciembre.

Uno de los libros en los que recoge hechos reales en su afán por acercarse lo más posible a la realidad, un enfoque literario presente desde su primer libro, “La guerra no tiene rostro femenino” (1983), que escribió mientras trabajaba en un diario de Minsk tras haber compaginado esa profesión con la de profesora.

Esa obra está basada en entrevistas con cientos de mujeres que participaron en la II Guerra Mundial y es una especie de novela colectiva, un género a caballo entre la literatura y el periodismo.

Fue además el primero de un ciclo bautizado “Voces de la Utopía”, donde describe la vida en la Unión Soviética desde la perspectiva del individuo.

Con esa misma forma de trabajo, Alexiévich abordó el fracaso de la utopía comunista con “Hechizados por la muerte” (1994), un reportaje literario sobre el suicidio de aquellos que no soportaron el fracaso del mito socialista y más tarde las consecuencias del desastre nuclear en “Voces de Chernóbil” (1997).

Autora además de tres piezas teatrales y de 21 guiones para cine, cerró el ciclo sobre la vida en la época soviética con “Tiempo de segunda mano” (2013).

Entre sus influencias más importantes resaltan las notas de las experiencias de los soldados en la I Guerra Mundial tomadas por la enfermera y escritora Sofia Fedorchenko y los reportajes de su compatriota Ales Adamovich en el siguiente gran conflicto bélico.

A Alexiévich se la ha comparado a menudo con el ruso Alexandr Solzhenitsin y con el periodista polaco Ryszard Kapuscinski, que, según especulan medios suecos, habría ganado el Nobel en 2007 de no haber muerto justo ese año.

La autora bielorrusa recibirá los 8 millones de coronas suecas (855 mil euros, 954 mil dólares) con que están dotados el premio de Literatura y el resto de los Nobel, cuya ronda de ganadores seguirá mañana con otro de los que más atención despierta, el de la Paz, el único que se otorga y entrega fuera de Suecia, en Oslo. EFE

El libro “La guerra no tiene rostro”, de Svetlana Alexiévich, se publica en castellano

jueves, octubre 8th, 2015

Madrid, 8 oct (EFE).- “La guerra no tiene rostro”, una de las obras clave de la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, galardonada hoy con el premio Nobel de Literatura, se publicará en español, el próximo mes de noviembre.

Será la editorial Debate quien edite en español el primer libro escrito por la flamante ganadora del premio Nobel de Literatura 2015. Este título está considerado una obra maestra del periodismo de investigación sobre las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

“La guerra no tiene rostro de mujer”, de 1983, le costó a la escritora un varapalo de las autoridades soviéticas, quienes le acusaron de naturalismo y pacifismo, unas críticas que en esos tiempos impidieron su publicación.

La editorial DE Bolsillo ya publico en enero de 2015, en castellano, la obra “Voces de Chernóbil. Crónica del futuro”, otro de los trabajos esenciales en la biografía de esta periodista y escritora.

“Voces de Chernóbil” documenta las vivencias orales sobre el trauma que supuso la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad, en 1986.

En el libro, la autora pone de manifiesto la amenaza que el fallido proyecto soviético representaba para el resto del mundo. EFE

La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich es galardonada con el Nobel de Literatura 2015

jueves, octubre 8th, 2015

La academia sueca dio a conocer que la bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el Premio Nobel de Literatura de 2015.

Svetlana Alexievich es galardonada con el Premio Nobel 2015. Foto: EFE

Svetlana Alexievich es galardonada con el Premio Nobel 2015. Foto: EFE

Estocolmo, 8 Oct (Notimex).- La Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura 2015 a la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, por su obra monumento al valor y al sufrimiento en nuestro tiempo.

La escritora publicó Voces de Chernobyl, un libro documental de 2005, por el cual recibió el premio del Círculo de Críticos.

La secretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius, la primera mujer en ocupar este puesto, anunció al galardonado.

El año pasado, la Academia Sueca distinguió al novelista francés Patrick Modiano con el premio más prestigioso de las letras.

El Premio Nobel de Literatura es una distinción que se otorga “a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal “, según palabras de su creador, Alfred Nobel.

La institución encargada de seleccionar al ganador del Premio Nobel de Literatura es la Academia Sueca, la cual consta de 18 miembros y fue fundada el 20 de marzo de 1786 por el rey Gustavo III de Suecia

Los premios son entregados el 10 de diciembre, aniversario de la muerte de su creador, Alfred Nobel, en una doble ceremonia en Estocolmo y en Oslo.

Los ganadores recibirán una medalla de oro, un diploma y un cheque por ocho millones de coronas suecas (958 mil 547 dólares), cantidad que se reparte si hay más de un ganador en la misma categoría.